La aparición de Comunidades de Práctica en entornos corporativos es relativamente reciente.
La organización comunitaria se daba de forma emergente y natural en otros entornos (sociales, intelectuales, lúdicos…) pero en la Empresa, el modelo empezó a prender al amparo del desarrollo de las nuevas herramientas colaborativas que ha ido adoptando la llamada “empresa 2.0” y de la necesidad de buscar nuevas formas de organización más adaptadas a los procesos de innovación , creatividad y aprendizaje tan esenciales en la nueva economía.
Pero por dónde empezamos un proyecto de Comunidades cuando una empresa quiere activar estas redes de conocimiento?
Hablábamos en el anterior post de un necesario análisis cultural, de una delicada aproximación a los verdaderos objetivos, barreras y limitaciones de la organización. Pero hay algo clave en el proceso inicial de activación de un programa de Comunidades, que no acaba de estar resuelto: Cómo se seleccionan los grupos iniciales?
Durante varios proyectos hemos aplicado diversos criterios: de representatividad, de competencias de los participantes, de proximidad técnica con la temática de la Cop… pero es un ejercicio que solemos hacer de arriba abajo. Nos sentamos con aquellos que nos contratan, revisamos sus objetivos, proponemos metodología, conseguimos comprensión, alineamos estrategia y acabamos seleccionando en una mesa de un despacho, los grupos iniciales, sus líderes, el grupo piloto, todo muy controlado, muy dirigido, muy asegurado para no derrapar en la primera curva.
Y está bien, nuestro trabajo consiste en ayudar a nuestros clientes a conseguir lo que se proponen con el mínimo riesgo, lo que ocurre es que en estos casos, el mínimo riesgo se consigue dejando que el proceso sea emergente, controladamente emergente, si queréis, pero respetando el pulso social de la organización. Crear el espacio y el contexto, invitar a que sea la gente la que decida que quiere participar en una iniciativa de este tipo, cómo, con quien, para qué… Luego, ya veremos dónde converge esa iniciativa personal y genuina con los intereses corporativos y ahí, en esa intersección empezar a trabajar.
Ayer, en la conferencia que di en el Diario financiero de Chile surgió este debate (que a su vez inspira este escrito), y la charla que llevaba preparada se convirtió en una interesante reflexión sobre este equilibrio difícil pero necesario entre lo que quieren unos y otros. Si nos creemos que el valor está en las personas, que debemos fomentar la innovación, que debemos dejar fluir el conocimiento…., no podemos caer en la trampa de la hiperregulación. Intentando controlar el proyecto, podemos sembrar la semilla de su fracaso.
Por la tarde, hablábamos con un cliente sobre cómo abordar esta primera fase: “No me fío de los grupos que me montaréis vosotros en esta mesa” les decía yo subidita por el debate de la mañana, y abusando de la confianza que ya tenemos. “Estáis lejos de la realidad, sois directivos, no sabéis qué pasa ahí abajo” (abusaba, ya que precisamente ellos no lo están –tan lejos-).
Finalmente decidimos que lo haríamos vía formación. Antes de entrar en un proceso típico de diseño de las redes, invitaremos de forma discrecional a personas de la organización a que asistan a talleres sobre Comunidades de Práctica. La sala será un espacio donde irán pasando los grupos que a medida que entren en contacto con la metodología irán (espero) imaginando su aplicación a necesidades concretas y reales, a sus voluntades, a sus pasiones. Los que ayer estaban alrededor de la mesa, participarán como observadores, y veremos cómo se van armando propuestas, “protocomunidades”, necesidades a resolver.
Con todo ese conocimiento, volveremos a la mesa directiva, y entonces sí, allí haremos el matching, allí veremos dónde converge lo individual y lo colectivo, veremos cual es la intersección entre la voluntad de grupos genuinos, vocacionales, comprometidos, con los objetivos de la organización, que al final es la que apuesta, contrata, e invierte en este tipo de iniciativas, esperando un retorno claro, medible y evidente. Todo eso sí, pero minimizando riesgos, es decir, de la mano de los protagonistas.